Juan Manuel Santos(Foto: campaña Juan Manuel Santos)

Juan Manuel Santos siempre ha tenido poder pero esta es la primera vez que lo busca en la plaza pública y que trata de ganarse el voto de los ciudadanos.

Santos nació el 10 de agosto de 1951 en una familia de clase alta bogotana que estaba en el corazón del poder. Es el sobrino nieto del ex presidente Eduardo Santos y el hijo de Enrique Santos, el entonces director y dueño del periódico El Tiempo. De El Tiempo cuando el periódico marcaba el tiempo de este país.

Juan Manuel es el tercero de cuatro hermanos hombres. Su hermano mayor, Enrique, el hasta hace poco columnista y codirector de El Tiempo, era un líder universitario izquierdista, un fiestero y tumbalocas. Juan Manuel, en cambio, era un niño juicioso,metido a grande, amigo de los adultos y de los poderosos desde pequeño. El ex presidente Alfonso López Michelsen, uno de sus mentores políticos, y Arturo Gómez Jaramillo, el todopoderoso presidente de la Federación de Cafeteros, eran compañeros suyos habituales, a pesar de que le llevaban varios años.

Santos nació en el seno del poder y aprendió a dominar los círculos del poder desde niño y a disfrutar haciéndolo. Su habilidad para la estrategia política y para diseñar las componendas elitistas en el momento oportuno es reconocida por amigos y enemigos. Por eso, aunque Santos nunca ha ganado un voto, ha acumulado múltiples victorias políticas que lo han llevado a donde está hoy.

"Aprendió a mandar y a que le lagartearan desde chiquito", cuenta un amigo suyo, que dice que desde que Santos tiene uso de razón presenció como todo el mundo lisonjeaba a los dueños del periódico. "Ningún otro candidato reciente tiene tanta familiaridad con el poder".

En la familia Santos hay un gran respeto por los adultos y un cierto afán por ganarse su admiración. Si Enrique Santos, Luis Carlos Galán y Daniel Samper Pizano eran los consentidos del periodismo de Eduardo Santos, Juan Manuel era el elegido de la familia para convertirse en el heredero de la dirección de El Tiempo y también en el próximo Santos en llegar a la Casa de Nariño.

"El tenía esa idea desde chiquito", me dijeron varias personas que lo conocen, pero Santos dice que la decisión de llevar una vida pública la tomó muchos años después, cuando salió del Ministerio de Comercio Exterior durante el gobierno de César Gaviria.

Juan Manuel Santos(Foto: campaña Juan Manuel Santos)

En un video autobiográfico e intimista que está colgado en la página oficial del candidato -con quien no pudimos hablar a pesar de haber pedido la entrevista con varias semanas de antelación- Santos dice que tomó la decisión después de que le diagnosticaron por error un cáncer. "Me acordé de lo que decía mi abuelo antes de morir: 'Mi chinito, arrepiéntase de lo que hizo pero no llegue a mi edad arrepentido de lo que no hizo.' Y eso es lo que he hecho".

Su llegada a la política

Cuando Santos tenía 16 años entró a la Armada como cadete y sus amigos dicen que esos dos años de servicio militar dejaron una impronta en él, lo hicieron metódico e increíblemente disciplinado.

Estudió su pregrado en economía y administración de empresas en la Universidad de Kansas, en Estados Unidos, donde fue uno de los primeros de su promoción y aprendió a hacer yoga avanzada. "Se paraba en la cabeza encima de la cama", cuenta alguien que lo conoció en esa época. Ahora hace 45 minutos de ejercicio antes de arrancar el día, aún si el día comienza a las seis de la mañana como cuando era Ministro de Defensa.

A los 24 años, su amigo Arturo Gómez Jaramillo lo nombró delegado de Colombia ante la Organización Mundial del Café en Londres. En esa ciudad terminó también una maestría en economía, desarrollo económico y administración pública en el London School of Economics y vivió hasta que volvió a El Tiempo como Subdirector, cargo que ocupó hasta 1993.

En algunas oportunidades, Santos habla con orgullo de su pasado como periodista. Pero lo cierto es que su rol dentro del periódico fue principalmente en el area editorial, no informativa. Él se encargaba de preparar los editoriales que en esa época eran muy influyentes. También atendía a los políticos que pasaban por el diario a intrigar, pedir favores, o a cocinar acuerdos. Antes, como ahora, son los espacios cerrados donde se toman las grandes decisiones su hábitat natural, en el que se siente cómodo. No la calle, donde se buscan las historias o el favor de los ciudadanos para llegar al poder.

Juan Manuel estaba en la línea de sucesión directa para reemplazar a su papá en la dirección de El Tiempo, pero cuando César Gaviria le ofreció ser su primer ministro de Comercio Exterior, dio el salto a la política, su verdadera pasión. Allí creó Bancoldex y gestionó para que Colombia entrara a la Organización Mundial del Comercio.

Juan Manuel Santos(Foto: campaña Juan Manuel Santos)

Desde ese cargo, Santos demostró una de sus mejores virtudes: Santos tiene un talento especial para rodearse de gente buena, incluso de personas que pueden ser más brillantes que él. En el Ministerio, trabajaron con él Ingrid Betancourt, Marta Lucía Ramírez, y otras personas que luego ocuparon posiciones destacadas en el sector público. En ese cargo, el actual candidato demostró que era un tecnócrata. En la búsqueda de su siguiente puesto, como Designado de la República, mostró su cara de político audaz.

El oportunista

En esa época, preConstitución de 1991, la Designatura era uno de los cargos más apetecidos por la clase política; era una especie de Vicepresidencia, con pocas responsabilidades pero mucho poder por el acceso que permitía al mundo político. Santos quería ese cargo pero ya era más o menos evidente para todo el mundo que estaba reservado para el reconocido político antioqueño William Jaramillo.

Sin embargo, Santos logró que Eduardo Mestre, Rodolfo González y Rodrigo Garavito -lo que entonces se conocía como el poderoso grupo de la Contraloría- convencieran al Congreso de elegirlo Designado con el guiño de Gaviria. Pocos años después, los tres terminaron en la cárcel por el proceso 8.000.

Con su Designatura, Santos entró de lleno en la arena política. "Sin haber ganado un voto, Juan Manuel siempre se auto otorgó la condición de precandidato presidencial", dice alguien que ha seguido de cerca su carrera. Él y todas las demás personas con las que hablé, destacan la arrolladora seguridad en sí mismo del candidato.

Santos se cree importante y le gusta que los demás también lo crean. Anda con una docena de escoltas -y los necesita pues es un blanco de las Farc- pero también con un edecán que le carga los papeles. No es cercano a la gente. En su campaña, alguien sugirió una vez que todos le dijeran Juan Manuel para establecer una relación más familiar con el candidato pero la idea no prosperó. Sus colaboradores más cercanos le dicen 'ministro' o 'candidato' o 'doctor Santos'.

Y sin embargo, la gente que trabaja o ha trabajado con él lo aprecia. Y admira la claridad que tiene sobre lo que toca hacer y su competencia para producir resultados. Lejos de ser un microgerente, Santos sabe delegar y confía y respalda a sus subalternos. Los tecnócratas sienten que él los escucha y luego saca adelante sus proyectos. Y de hecho, varios han renunciado a su cargos para irse a trabajar a su campaña. El ex director de Planeación Nacional Juan Carlos Echeverry está con él, así como Mauricio Santamaría, ex director adjunto de Fedesarrollo.

Juan Manuel Santos(Foto: campaña Juan Manuel Santos)

Pero incluso la gente que lo admira y aprecia, considera que Santos es un megalómano y un egocéntrico. "Todos somos para él un peón y jugamos un papel dentro de su juego. Uno puede no saber cuál, pero él sí sabe", dijo uno de los entrevistados.

Y Juan Manuel Santos juega duro. Como lo conté en una historia anterior, el patrón del candidato de la U ha sido consistente: primero ha hecho una férrea oposición a los últimos tres presidentes de Colombia, para luego unirse al Gobierno pidiendo la cartera que le ofrece mayores retos, visibilidad y la opción de acercarse más a su sueño de alcanzar la Presidencia.

Durante el gobierno de Samper, Santos le pidió al presidente electo ser nombrado Embajador en Washington. No le concedieron el puesto y a medida que avanzó el proceso 8.000, como también lo contamos en otra historia, Santos llegó incluso a hablar con Carlos Castaño, Víctor Carranza y las Farc sobre un 'acuerdo de paz', que incluía provocar la renuncia del Presidente. Lo insólito de este incidente es que varios años después, Santos calumnió a Rafael Pardo de haberse reunido con las Farc para evitar la reelección de Álvaro Uribe. La acusación no solo era mentirosa y buscaba desviar el escándalo de que en sus listas al Congreso hubiera parapolíticos, sino que el único personaje que en alguna oportunidad se había reunido con las Farc para tumbar un Presidente era él, Juan Manuel Santos.

Cuando salió elegido Andrés Pastrana, Santos venía de trabajar con Álvaro Leyva en la sala de situación de la ONU en Bogotá, de donde salió la idea del despeje con las Farc. Y entró a formar parte de la Comisión de Acompañamiento Internacional para hacerle veeduría a la zona de distensión en el Caguán. Pero como lo aseguró hace unos meses a la FM al darse cuenta que "ahí no había ningún tipo de coordinación" se salió el grupo. Y se convirtió en un crítico mordaz de Pastrana hasta que en julio de 2000 se convirtió en su Ministro de Hacienda.

La historia de su nombramiento es indicativa del talante de Santos. En abril de 2000, Andrés Pastrana radicó su proyecto de ley de referendo para revocar al Congreso. Como era obvio, el Congreso, con mayorías liberales, se le volteó y Luis Guillermo Vélez, presidente del Partido Liberal, propuso incluir en el referendo también la revocatoria del mandato del Presidente, que para entonces contaba con menos del 30 por ciento de popularidad. Pastrana necesitaba rearmar una coalición en el Congreso para gobernar, y en esa encrucijada, apareció Santos. Organizó una reunión secreta entre el gobierno y Vélez, que desembocó con el nombramiento de Juan Manuel como Ministro de Hacienda. La idea del referendo agonizó.

Santos hoy dice que aceptó el cargo "para salvar al gobierno de Pastrana" y en cierta forma lo logró. Cuando asumió el cargo, el desempleo superaba el 20 por ciento, la inflación rozaba los dos dígitos y el crecimiento era inferior al tres por ciento. Los 'spreads' se habían disparado por cuenta de la idea del referendo. Como Ministro de Hacienda, Santos sacó adelante proyectos trascendentales para el país como la ley de transferencias, la ley de pensiones y una reforma tributaria de gran envergadura.

Su relación con Uribe

Con ese pasado pastranista, Santos entró en reversa en la era uribe. Venía, además, de apoyar la candidatura liberal de Horacio Serpa. En su columna "Me da mucha pena" de El Tiempo, Santos la emprendió con toda contra la primera reelección del mandatario paisa y fue uno de sus críticos más duros. A la vez, defendió el Partido Liberal, que trató de presidir después de que Uribe nombró a Horacio Serpa Embajador ante la OEA. Así lo propuso en una reunión en la casa del senador Juan Fernando Cristo. Pero para ese entonces, los liberales ya estaban en conversaciones con César Gaviria para que se volviera presidente del Partido. "Después de esa reunión, salió a crear La U", dijo a La Silla Vacía un político liberal, que estuvo en esa reunión.

Uribe no quería a Santos. No solo representaba la oligarquía bogotana y el oportunismo político que tanto desprecia el actual Presidente, sino que además habían tenido un enfrentamiento personal. Cuando Santos, como Ministro de Pastrana, creó las famosas partidas regionales para desarrollar obras regionales promovidas por senadores y representantes, el ex senador Álvaro Uribe lo demandó. El ciudadano Uribe alegaba que Santos quería resucitar los auxilios parlamentarios enterrados por la Constitución de 1991. Santos se defendió diciendo que los recursos se manejaban por encima de la mesa, con lo cual la inversión regional era transparente. Hasta que la Corte Constitucional los hundió, esta idea lubricó el paso de importantes proyectos económicos por el Congreso y le aseguró cierta gobernabilidad a Pastrana.

Pero en el 2005, Uribe abrió un espacio y Santos lo aprovechó. Cuando el Partido Liberal, liderado por Piedad Córdoba, expulsó a 19 congresistas por votar la primera reelección, Santos salió a proponer una disidencia uribista. Los primeros que se le unieron fueron la ex representante Zulema Jattin, hoy presa por parapolítica, y el desaparecido senador Luis Guillermo Vélez. Después llegaron los militantes del Nuevo Partido, fundado por Óscar Iván Zuluaga y Adriana Gutiérrez. Y rebautizaron esta personería como el Partido de Unidad Nacional y se arriesgaron a lanzar candidatos a Senado y Cámara. Muchos congresistas no daban un peso por el liderazgo de Santos, comenzando porque nunca se había hecho contar en las urnas, pero el político bogotano se los terminó ganando con una exitosa estrategia que mezcló candidatos de opinión como Marta Lucía Ramírez y Gina Parody, con caciques tradicionales y una docena de parapolíticos, hoy presos la mayoría.

Posicionado como el líder indiscutible del partido del Presidente, Santos pidió el Ministerio de Defensa, un cargo con el que había soñado desde hacía mucho tiempo y en el que mejor podía lucirse en el gobierno de la Seguridad Democrática.

Los falsos positivos

Algunos amigos le recomendaron a Santos que no fuera ministro porque Uribe solo tenía viceministros, y más en la cartera de Defensa, donde el Presidente ha cifrado buena parte del éxito de su gobierno. Pero si algo le gusta a Santos es asumir retos difíciles.

Santos es quizás el único ministro de defensa que ha logrado tener un verdadero poder sobre los militares. Respetando sus jerarquías y sus lógicas, Santos entró al edificio de la 26 a mandar. Durante su gestión como Ministro, las Fuerzas Militares lograron sus éxitos más visibles contra las Farc: la muerte de Raúl Reyes fue la más notoria, pero muchos otros frentes quedaron descabezados o reducidos por la acción coordinada del Ejército, la Policía, la Armada y la Fuerza Aerea. Santos reforzó la ayuda extranjera en temas de inteligencia y afinó muchos procedimientos internos. La Operación Jaque, que devolvió a la libertad a Ingrid Betancourt, a los contratistas gringos y a ocho soldados secuestrados durante casi una década, fue el resultado más visible de toda una reingeniería interna.

Y Santos, como suele hacerlo, cobró públicamente los méritos. Se inventó las ruedas de prensa con un podio y todo el establecimiento militar detrás, dandose una aureola de presidenciable. Renunció hasta el último minuto para no inhabilitarse esperando dar de baja o capturar al 'Mono Jojoy', con cuya cabeza Santos sabía que daría un salto de garrocha a la Presidencia.

Por eso ahora el candidato liberal Rafael Pardo le dice que si va a sacar pecho con los éxitos de la Seguridad Democrática, entonces que ponga el pecho por los falsos positivos que ocurrieron durante su paso por el Ministerio. Sus detractores también gozan diciéndole 'Falsantos' además de 'Chucky', el muñeco diabólico.

Y si bien a él -como a los ex Ministros Camilo Ospina y Jorge Alberto Uribe- les cabe una responsabilidad política por las ejecuciones de jóvenes inocentes presentados luego por el Ejército como muertos en combate durante su administración, personas que conocieron el proceso por dentro, tanto en el Ministerio de Defensa como el sector de derechos humanos, dicen que Santos no es el ministro de los falsos positivos sino el Ministro que le puso fin a los falsos positivos (o que por lo menos intentó ponerle fin).

La práctica de matar jóvenes inocentes y presentarlos como muertos en combate existe desde hace varias décadas. Pero el fenómeno de reclutarlos en una localidad como Soacha y llevarlos al otro extremo del país para asesinarlos y disfrazarlos de guerrilleros y cobrar recompensas por ellos es un fenómeno particular del gobierno de Uribe. Cuando Santos llegó al Ministerio en 2006, ya la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos había alertado sobre las ejecuciones extrajudiciales del Ejército en sus informes anuales del 2004 y del 2005, y sus delegados pusieron a Santos al corriente.

Lo primero que hizo Santos junto con el general Freddy Padilla de León, el Comandante de las Fuerzas Militares, y su viceministro Sergio Jaramillo, un año antes de que se destapara el escándalo de Soacha, fue cambiar los indicadores de éxito de la Fuerza Pública. Mediante la directiva 300-28 de noviembre de 2007, comenzaron a premiar más las capturas y las desmovilizaciones que las muertes en combate. Santos sacó esta directiva a pesar de la oposición del general Mario Montoya, Comandante del Ejército. Según cuentan muchos soldados, Montoya los animaba en sus visitas a las brigadas diciéndoles que quería ver 'litros de sangre'.

En septiembre de 2008, Medicina Legal le reportó a la Oficina de Derechos Humanos de la Vicepresidencia que el sistema de identificación de desaparecidos había encontrado que de 11 personas desaparecidas en Soacha, 9 aparecieron muertas dos días después en Ocaña y dos en Cimitarra. El Fiscal de Ocaña dijo que eran muertos en combate. Lo mismo el de Cimitarra. Con esa información, el director de la Oficina llamó al Ministro Santos y esa misma noche, en una rueda de prensa, Santos destapó el escándalo que más ha golpeado la reputación de las Fuerzas Armadas.

En cambio de tapar el escándalo con la tradicional actitud de solidaridad de cuerpo, Santos conformó una comisión para investigar el tema. Creó la figura de inspector delegado para cada brigada que no estaba en la línea de mando y también la de un asesor jurídico operacional para que ell comandante de la brigada sepa qué tipo de acciones estan acorde con el derecho internacional humanitario. Sacó una directiva obligando a que el levantamiento de cadáveres fuera realizado solo por fiscales, una medida que muchos militares han rechazado; dicen que esto entorpece las operaciones militares pues tienen que quedarse cuidando a los guerrilleros muertos mientras llegan los fiscales. Creó una unidad especial de 20 fiscales para investigar los casos y ordenó a todas las brigadas que entregaran la información requerida tanto por el Coronel Suárez a cargo de la comisión investigadora como a la Oficina de Derechos Humanos de la ONU.

De esa comisión salieron 15 recomendaciones que el Ministerio puso en práctica, incluido un documento con nuevas reglas de enfrentamiento que si no se queda en el papel debería mejorar el record de derechos humanos de las Fuerzas Militares. Los resultados de esa investigación sirvieron de sustento para despedir a 27 oficiales del Ejército, incluidos tres generales. La radical medida la tomó Santos, en contra de la voluntad del general Montoya, quien presentó su renuncia a raíz de ese episodio. Con ese despido masivo, Santos logró también debilitar la línea de sucesión de Montoya, y la más cercana a los afectos del Presidente Uribe. Porque Santos sabe jugar a tres bandas. Ya lo había hecho con la Policía al despedir a 11 generales y ascender de manera express al General Óscar Naranjo a pocos meses de posesionarse, tras las revelaciones que desde la Policía estaban chuzando opositores.

La última medida de Santos fue nombrar a Luz Marina Gil como directora de la justicia penal militar. Gil, hija de un general, y una comprometida con los derechos humanos, siguiendo las instrucciones de Santos de no provocar colisión de competencias, transfirió la mayoría de los casos contra los militares por los falsos positivos a la justicia ordinaria. Y mientras Santos estuvo los procesos avanzaron. Pero una semana antes de que Santos dejara el cargo para lanzarse a la Presidencia, a Gil le tocó renunciar porque no contestó un derecho de petición y la sancionaron por ello. Su reemplazo, bajo el mando de Gabriel Silva, ministro puesto allí por recomendación de Santos, y quien llegó al Ministerio con la expresa orden de Uribe de defender a los militares de las 'falsas denuncias', ha comenzado nuevamente a invocar la colisión de competencias para evitar que los casos salgan de la justicia penal militar.

¿El clon de Uribe?

Juan Manuel Santos se convirtió en el sucesor de Uribe porque Uribe se fue quedando sin alternativas. Primero, porque soñaba con ser él mismo presidente por tercera vez y por lo tanto no se preocupó por escoger a la persona que continuara sus políticas y más bien se dedicó a debilitarlos como hizo con Germán Vargas Lleras. Cuando ya se cayó el referendo y trató de reencauchar a 'Uribito' era demasiado tarde. El escándalo de Agro Ingreso Seguro había golpeado su imagen en la opinión pública y de alguna manera Uribe había contribuido a ello cuando lo salió a regañar públicamente por haberle dado subsidios a familias ricas.

Rodrigo Rivera no tenía viabilidad política. Noemí Sanín, a quién el presidente incentivó a renunciar y convertirse en la continuadora de su obra, le falló cuando decidió lanzar su candidatura antes de que la Corte decidiera si él tenía todavía la puerta abierta. Santos, en cambio, con la disciplina que lo caracteriza, aguantó. Y el mismo día que se hundió el referendo, lanzó su candidatura.

Santos representa en el imaginario colectivo lo mejor de la Seguridad Democrática de Uribe y por lo tanto, Santos ha basado su campaña en vender la idea de que él es igual a Uribe.

Pero Santos es diferente al Presidente en casi todo. En lo bueno y en lo malo. Uribe goza yendo a los pueblos, saludando a la gente, oyendo y solucionando sus problemas. Santos, por más que use el poncho uribista y el sombrero voltiado, es un elitista que se siente más cómodo en el Country Club, donde pasó su infancia -como lo reconoció hace poco en un evento de financiación con socios- que en un consejo comunal.

Si Uribe es una persona ideológica, con convicciones de derecha, inamovibles, Santos es un pragmático de centro, un liberal clásico, aunque no necesariamente progresista. Uribe es un provinciano, apegado al terruño. Santos es un cosmopolita, que se mueve en los círculos internacionales de Estados Unidos, Gran Bretaña o Israel, con la misma facilidad con que Uribe se mueve por Montería, Rionegro o Tumaco. Su Fundación Buen Gobierno, creada por él en los 90 como un centro de pensamiento sobre buenas prácticas de gobierno, le ha servido de plataforma para relacionarse directamente con líderes de todo el mundo. Y aunque Santos conoce y domina la minucia política como Uribe es mucho más tecnócrata que él.

Porque si algo quiere Juan Manuel Santos es pasar a la historia. La gente que lo conoce dice que Santos es un lector ávido de biografías de personajes de la historia. Churchill es su favorito y con quien él más se identifica. No solo porque fue el primero en denunciar el peligro que representaba Hitler para Europa (en el caso de Santos, sería Hugo Chávez, el presidente venezolano, con quien Santos tiene una enemistad a muerte desde que apoyó a Carmona, el golpista venezolano). Santos sueña con entrar a ese pabellón de grandes hombres y mujeres que cambiaron la historia. Por lo menos la colombiana.

Por eso, a quienes lo conocen bien no les sorprendió el nombramiento de Angelino Garzón como fórmula vicepresidencial. Creen que con ello, Santos tomó una decisión más de gobierno que de campaña con la que buscaba abrir una puerta grande hacia Estados Unidos, enviando el mensaje de que un gobierno suyo sería incluyente, respetuoso de los derechos humanos y sindicales; y una ventana pequeña hacia las Farc, con quien Santos sueña poder firmar la paz.

La gente que lo conoce no duda de que dada su ambición y su preparación, Santos trataría de ser un gran Presidente. "No puede no serlo, él sabe manejar mejor que nadie la economía, el Congreso y el Ejército", dice uno de ellos. Su talón de Aquiles, dicen, es que Santos es como una máquina, que va cumpliendo paso a paso el plan que se trazó hace décadas. Aunque es un papá amoroso, en la vida pública, las emociones juegan un papel mínimo en sus decisiones, casi siempre motivadas por el logro de sus objetivos, y sin una consideración especial por los medios para lograrlos. Y el fin era ser Presidente. Ahora que está más cerca que nunca de lograrlo, necesita que los colombianos de a pie le den el puesto.