Un soldado surcoreano grita mientras realiza una de las extenuantes rutinas militares a las cuales es sometido en un campamento militar de Pyeongchang, Corea del Sur.(Foto: REUTERS | Lee Jin-man - Pool)

Un soldado surcoreano grita mientras realiza una de las extenuantes rutinas militares a las cuales es sometido en un campamento militar de Pyeongchang, Corea del Sur.

No es fácil ser un soldado sudcoreano y no sólo por el peligro inminente de una guerra con sus vecinos del Norte, o quizás sea precisamente esa amenaza latente la que obliga a sus comandos a entrenarse siguiendo una de las rutinas más rigurosas que practique ejército alguno en el mundo.

Entrenamientos desnudos en la nieve, con gélidas temperaturas, cuando el termómetro baja del cero y un grito furioso despierta las últimas resistencias de calor que conserva el cuerpo, desestabilizado de repente por una bola helada que impacta el dorso y que ha sido suministrada por cuenta propia, como demostración de la fiereza del propio espíritu.

"Que el entrenamiento sea tan duro que la guerra parezca un descanso", reza un despiadado credo castrense que parece estar a la base de esta rutina brutal que no sólo endurece el ánimo de expertos comandos sino también de los más jóvenes reclutas cuyos físicos carentes de músculos prominentes sufren casi las mismas inclemencias de sus colegas de rango superior.